La respuesta a esa pregunta probablemente empiece por el propio continente. A diferencia de muchas ciudades modernas desarrolladas alrededor del automóvil, gran parte de Europa conserva centros históricos compactos, plazas, calles estrechas y espacios públicos pensados para ser recorridos a pie. Florencia, París o Madrid suelen destacarse por esa característica. Pero incluso entre ellas, Roma ocupa un lugar especial.
Hay ciudades que se visitan. Roma, en cambio, se recorre. La diferencia parece mínima, pero no lo es. En pocos lugares del mundo el trayecto tiene tanto peso como el destino. Una caminata de 20 minutos puede conectar un templo construido hace casi 2.000 años, una plaza renacentista, una fuente barroca y una iglesia que guarda obras de algunos de los artistas más importantes de la historia. En Roma, muchas veces, lo mejor no está señalado en ninguna guía: aparece simplemente al doblar una esquina.
Una ciudad nacida para caminar
Mucho antes de que existieran los semáforos, las autopistas o los autos, los habitantes de Roma ya recorrían sus calles a pie. Lo hacían comerciantes, soldados, emperadores, artistas y peregrinos. Durante más de 2.000 años, millones de personas atravesaron prácticamente los mismos barrios que hoy recorren los turistas.
Según la tradición, la ciudad fue fundada en el año 753 antes de Cristo por Rómulo, quien habría dado nombre a Roma tras derrotar a su hermano Remo. Mito o realidad, la historia marca el comienzo de una ciudad que terminaría convirtiéndose en la capital de uno de los imperios más poderosos de todos los tiempos.
Durante siglos, fue el centro político de un territorio que llegó a extenderse desde Britania hasta el norte de África. Los romanos construyeron una red de caminos que conectaba sus provincias y facilitaba el comercio, la comunicación y el movimiento de tropas. De allí nació una de las frases más famosas de la historia: “todos los caminos conducen a Roma”.
Pero tras la caída del Imperio Romano de Occidente, la ciudad no perdió protagonismo. Quizás por eso caminar por ella produce una sensación difícil de explicar. No se trata solamente de ver edificios antiguos. Se trata de recorrer un lugar que fue habitado por emperadores, papas, artistas, comerciantes y viajeros a lo largo de más de 20 siglos. La historia no aparece encerrada en museos: forma parte del paisaje cotidiano.
Mucho más que monumentos
Mucho antes de Instagram y TikTok, el cine ya había contribuido a construir el imaginario romántico de Roma. Para muchos, la ciudad existe primero a través de imágenes: Audrey Hepburn recorriendo sus calles en Vespa junto a Gregory Peck en “Roman Holiday”; Anita Ekberg entrando a la Fontana di Trevi en “La Dolce Vita”; o las incontables postales cinematográficas que la transformaron en uno de los escenarios más reconocibles del mundo.
En cierto sentido, muchos viajeros llegan a la capital italiana con la sensación de haber estado allí antes. Quizás sea una de las ciudades más “spoileadas” del planeta: todos sabemos cómo lucen sus monumentos antes de visitarlos. Y aun así, es una de las pocas ciudades capaces de estar a la altura de su propia leyenda.
La Fontana di Trevi sigue siendo uno de esos lugares donde realidad y ficción parecen mezclarse constantemente. Están quienes arrojan una moneda para asegurarse un futuro regreso a la ciudad, quienes intentan conseguir la foto perfecta y quienes parecen haber elegido el lugar para tomar algunas de las decisiones más importantes de sus vidas. Basta permanecer unos minutos observando para sospechar que el amor y la Fontana di Trevi mantienen algún tipo de acuerdo secreto.
Pocas ciudades permiten atravesar tantos siglos en una sola caminata. Desde el Coliseo hasta el Panteón, desde Piazza Navona hasta el Vaticano, el recorrido por el centro histórico funciona casi como una máquina del tiempo al aire libre.
La primera vez que aparece el Coliseo suele producir un efecto difícil de explicar. A medida que uno avanza por las calles cercanas, su silueta comienza a asomarse entre los edificios hasta ocupar por completo el paisaje. Verlo iluminado por la noche tiene algo especial. La multitud disminuye, el entorno se vuelve más tranquilo y resulta más fácil imaginar la magnitud de una construcción que lleva casi 2.000 años en pie.
Al día siguiente, recorrerlo por dentro ofrece una experiencia completamente distinta. Caminar por sus pasillos, observar las gradas e intentar reconstruir mentalmente todo lo que ocurrió allí hace inevitable pensar en “Gladiador”. Es uno de esos lugares que despiertan inmediatamente las imágenes que el cine instaló en nuestra memoria y hacen imposible no volver al hotel esa noche y ver la película una vez más.
Sin embargo, Roma no vive solamente de sus monumentos. En una misma caminata aparecen pequeñas trattorias escondidas, italianos tomando un espresso de pie antes de seguir con su día, librerías antiguas, mercados y heladerías que ofrecen algunos de los sabores más tradicionales del país. Pistacho, nocciola, limón o stracciatella aparecen una y otra vez en manos de turistas mientras recorren la ciudad.
Milei le hizo regalos cargados de simbolismo a León XIV, tras su encuentro en RomaTal vez parte del encanto de Roma resida en que la belleza no está reservada para los grandes monumentos. Aparece también en los detalles cotidianos: una fachada cubierta de enredaderas, una mesa preparada para el almuerzo, una cafetería de barrio o una vidriera cuidadosamente diseñada.
Del otro lado del río Tíber aparece Trastevere, uno de los barrios más animados de Roma. Con sus calles empedradas, fachadas cubiertas de enredaderas, bares, restaurantes y mesas ocupando las veredas hasta altas horas de la noche, suele ser una de las zonas preferidas tanto por turistas como por locales para cenar o tomar algo. Salvando las distancias, podría compararse con lo que representa Palermo para Buenos Aires, es decir, un barrio donde buena parte de la vida social ocurre después del atardecer.
El Vaticano: el país dentro de la ciudad
Entre los recorridos más impresionantes que pueden hacerse a pie se encuentra el camino hacia el Vaticano. Aunque muchos viajeros lo asocian simplemente con una parte de Roma, el Vaticano es en realidad un Estado independiente. Su existencia quedó formalmente reconocida en 1929 con la firma de los Pactos de Letrán entre la Santa Sede y el Reino de Italia. Con apenas 44 hectáreas, es el país más pequeño del mundo.
Llegar caminando hasta la Plaza de San Pedro suele producir cierta impresión. Después de atravesar calles estrechas y edificios de escala relativamente humana, el enorme espacio diseñado por Bernini aparece de golpe frente al visitante.
Más allá de la fe, el Vaticano alberga una de las mayores concentraciones de arte del planeta. Entre sus tesoros se encuentran esculturas clásicas como el Laocoonte, las Estancias de Rafael, galerías decoradas con mapas y tapices monumentales, además de algunas de las obras más importantes del Renacimiento.
Sin embargo, ninguna genera tanta expectativa como la Capilla Sixtina. Lo que más sorprende al ingresar no suele ser la religión ni siquiera la arquitectura. Es la escala. Después de haber visto durante años las imágenes de los frescos de Miguel Ángel en libros y documentales, encontrarse finalmente bajo ese techo produce una sensación difícil de describir. Tal vez por eso tantas personas salen del lugar en silencio. No necesariamente por motivos espirituales, sino porque pocas obras de arte logran generar una impresión semejante.
"Sin haber visto Roma no se puede comprender qué es capaz de hacer un hombre", escribió Goethe después de visitar la ciudad en el siglo XVIII
La frase puede sonar exagerada hasta que uno entiende todo lo que convive dentro de sus límites: la herencia del Imperio Romano, siglos de historia cristiana, algunas de las obras de arte más importantes de Occidente, escenarios que el cine convirtió en íconos culturales y una vida cotidiana que sigue desarrollándose entre monumentos que llevan siglos observándolo todo.
Quizás por eso Roma sigue encabezando rankings y listas de destinos soñados. Y quizás por eso también fue elegida la mejor ciudad del mundo para recorrer a pie. Porque caminar ahí no consiste solamente en trasladarse de un lugar a otro: significa atravesar más de 2.000 años de historia en apenas unas pocas cuadras. Después de todo, es una ciudad que se entiende mejor caminándola.